
¿Tendremos que renunciar, sin embargo, a nuestro fuerte temperamento para, si no hacer de España una nación, al menos conseguir que las Españas convivan en paz sin volver a manchar de sangre nuestra maltrecha piel de toro? Tenemos muchas razones para sentir vergüenza de ser españoles. Lo que antes era motivo de orgullo nacional, nos resulta hoy a muchos una verdadera desgracia: los títulos de la España martillo de herejes, luz de Trento y espada de Roma, esas cartas de presentación históricas, con sus seculares secuelas, no son precisamente un ejemplo de tolerancia ilustrada. Definitivamente soy un español atípico. En la Edad Media hubiera sido, posiblemente, un hereje. En el Renacimiento, un erasmista. En la Ilustración, un afrancesado, no lo dudéis. En el siglo XIX, un liberal y un republicano. Y en el XX, un europeizante, como nuestro Ortega. Pero la España moderna, europea, laica y definitivamente secularizada que deseamos para el siglo XXI no puede imponerse a costa de la otra España, de la negra, so pena de recaer en viejas luchas fratricidas, sino que hemos de esperar, confiados, que el camino de la (post)modernidad es ya insoslayable tanto para las izquierdas como para las derechas, o para lo que queda de ellas, y que el pluralismo ideológico es el verdadero signo de los nuevos tiempos democráticos que nos ha tocado vivir. El dualismo conduce inevitablemente al maniqueísmo. La "maldición de la dos Españas", en palabras de Serrano Súñer, sólo es tal por el ideal (¡qué nefastos son los ideales!) que tiene una de las dos de reducir criminalmente a la otra a su voluntad cuando no, simplemente, borrarla del mapa, como ocurrió en la España franquista. Ahí está la maldición, no en el dualismo y, mucho menos, en el pluralismo. ¡Ojalá no sea el berlusconismo el futuro de Europa, como se atreve a profetizar irresponsablemente todo un Umberto Eco en una reciente entrevista, sino los valores de nuestra más cara tradición cultural, esos valores que expresó Mozart en su Flauta mágica o Beethoven en su inmortal Novena Sinfonía!
1 comentario:
¡Me encanta el artículo!
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